La naturaleza se entiende como un equilibrio cambiante entre agentes vivos y no vivos (agua, rocas, plantas, animales, microbios…) que negocian constantemente espacio, recursos y tiempo. Con el cambio climático intensificando las sequías, las riadas repentinas y la subida del nivel del mar, el proyecto propone una postura distinta: no congelar los paisajes en formas estables, sino establecer condiciones que permitan a los elementos actuar, interactuar y seguir transformándose. El diseño se convierte en un catalizador de procesos ecológicos autosostenidos.
Un territorio policéntrico e interdependiente
Santa Pola se lee dentro del triángulo Alicante–Elche–Santa Pola: Alicante concentra funciones administrativas y culturales, Elche actúa como motor industrial y logístico, mientras Santa Pola desempeña el papel de bisagra ecológica costera. Entre ellas, la llanura agrícola sigue siendo una matriz productiva fundamental y un mediador espacial. Los relatos actuales de planificación también sitúan a Santa Pola como un clúster ecológico emergente, lo que sugiere una oportunidad para reforzar su relevancia metropolitana más allá del turismo estacional.
Reemerger desde el mar
Redefinir el atolón: un sistema natural y antrópico
El Cabo de Santa Pola se reimagina como un “atolón”: un único sistema natural-antrópico donde mar, sierra y barrancos co-producen un ecotono frágil sometido hoy a una intensa presión urbanística. En lugar de tratar los bordes como límites duros, la propuesta trabaja la interfaz como una zona activa y permeable.
Sistema geológico y natural / Asentamiento humano
El cabo se describe como un arrecife fósil cuaternario continuamente reconfigurado por los barrancos y las mareas. Aquí, la Posidonia oceanica se convierte en el agente clave que conecta ciclos marinos y terrestres: se recogen alrededor de 10–12 t/año y se trasladan a la cantera, convirtiendo la ecología de “carbono azul” en un recurso circular (fertilizante/bioconstrucción) ya ensayado para la regeneración de taludes. Al mismo tiempo, los patrones de desarrollo y la lógica viaria corren el riesgo de completar un anillo de construcción alrededor del cabo, mientras que la gestión del área protegida apunta a un acceso controlado y sostenible.
El cabo fluye hacia el mar (y vuelve)
Tres sistemas coordinados reorganizan la interfaz ciudad–cabo–mar. El buffer cabo-ciudad acompaña la Ronda del Norte y sustituye su extensión por un corredor verde peatonal y ciclista, restaurando la continuidad y el acceso a la Sierra. El buffer ciudad-mar combina la restauración dunar en la playa del Varadero con un borde de dique rediseñado como parque protector y habitable, integrando la retención de aguas pluviales en el espacio público. Los barrancos se convierten en corredores transversales eco-cívicos (sombra, recorridos y nodos locales) que reconectan montaña, ciudad y mar.
Integración: barrio del Ensanche del Varadero
Un distrito estacional y fragmentado entre la ronda y la línea de costa se convierte en el campo de pruebas donde buffers y barrancos redistribuyen confort climático, movilidad y hábitat, transformando la desconexión en un nuevo paisaje cotidiano.
La puerta de entrada al cabo: la cantera
La cantera se aborda a la vez como monumento de geología y extracción —manteniendo muros escenográficos y refugios de aves— y como motor de regeneración. En la parte norte, ediciones topográficas capturan la escasa lluvia, concentran humedad y crean cuencas temporales para episodios de DANA, con un acceso limitado y principalmente observacional. En la parte sur, nuevas conexiones (senderos, ascensor, miradores) sostienen un polo de interpretación e investigación sobre la posidonia, con áreas de almacenamiento y plantaciones “oasis” adaptadas a la sequía.



